Posteado por: alaycolor | marzo 8, 2016

De acero y miel en CanalMio – iVoox

Origen: De acero y miel en CanalMio – iVoox

“Las mujeres en que se funda la felicidad futura de la Patria”. José Martí.

Desde Carlota, aquella negra esclava traída de África, le viene a las cubanas el espíritu de rebeldía y la fuerza; el valor y el patriotismo; la entrega y el heroísmo.Monumento Carlota
Centenares de nombres femeninos recorren las páginas de la historia de Cuba: la mujer de clase alta o media, la humilde campesina o la negra liberta; no importa el origen o la condición social; todas, como conspiradoras, mensajeras, enfermeras o combatientes pusieron la Patria por delante.
Sin embargo, generalmente, la acción de las mujeres permanece en el anonimato…
“El hombre puede hacer declaraciones en periódicos y revistas, ocupar espacio público, buscar aplausos y glorias en la tribuna o el combate. Pero tales fanfarrias se detienen en la puerta del hogar…
No obstante, las mujeres se fueron a la guerra. Entonces, ¿el debate sobre la conformación de la nacionalidad, no debería tener también un ingrediente de género?
Las referencias a la presencia femenina en la guerra y la revolución, aparecen en la literatura desde los inicios del proceso conspirativo pero, con frecuencia, más como un telón de fondo que con un verdadero protagonismo, asegura la historiadora camagüeyana Elda Cento.

Historiadora Elda Cento
Pudiera resultar curioso entonces la actuación del Arzobispo de Santiago de Cuba, Antonio María Claret, quien al pedirle clemencia para Joaquín Agüero y sus compañeros, señala al Capitán general de la Isla, José Gutiérrez de la Concha: “… la revuelta de los camagüeyanos en 1851 ha sido más obra de las mujeres que de los hombres; y ellas siempre quedarán rabiando más, criando con la leche de la insurrección a su familia desde sus más tiernos años”.
Posiblemente, una de las primeras manifestaciones colectivas de rebeldía de las cubanas fue la decisión de las mujeres del Camagüey de cortar sus largas cabelleras tras el fusilamiento de Joaquín de Agüero, Fernando de Zayas, Tomás Betancourt y Miguel Benavides.
La cuarteta que circuló por esos días en la ciudad era muy clara…
Aquella camagüeyana
que NO se corte el pelo
NO es digna que en nuestro suelo
la miremos como hermana.
La incorporación de las mujeres a la guerra, ocurre desde el inicio de la insurrección. Candelaria Acosta, Cambula, pudiera ser el símbolo; quien llamada por Carlos Manuel de Céspedes, borda con sus manos la primera bandera, con los colores azul, rojo y blanco.
Y en la mañana del 10 de octubre de 1868, se la entrega al abanderado Emiliano Tamayo, apuntalando su estirpe patriótica con una sentencia: “Primero mueran antes que verla deshonrada”.
Las mujeres tuvieron un rol protagónico en la guerra, especialmente, en los hospitales de sangre; aunque también pelearon al machete, con fusiles o junto a las piezas de artillería.
Lo más frecuente es que las mujeres marcharan a la insurrección siguiendo a sus hombres; ejemplo muy claro en el antiguo Puerto Príncipe, en 1868, donde no transcurrieron muchos días antes que las primeras familias abandonaran la ciudad y buena parte de ellas se instalara en las casas de sus fincas.
Apenas tres semanas después del Alzamiento de Las Clavellinas, Eduardo Agramonte Piña en carta a su esposa, Matilde Simoni Argilagos, le comenta sobre esa posibilidad…
“Simoni nos ha prometido llevárselas a La Matilde y nosotros vamos a tratar de ir hacia esa dirección y de ese modo nos reuniríamos pronto, y nos veríamos con alguna frecuencia”.
Durante la guerra, las mujeres fueron objeto de especial persecución por las columnas españolas y las contraguerrillas.
En su libro, Marchando con Gómez, Glover Flint anota…
“… en las paredes de las casas por donde las columnas españolas habían pasado sin quemarlas y en los árboles donde los machetes españoles habían desnudado en parte la corteza de los árboles para dar espacio a inscripciones con lápiz, podían leerse obscenas amenazas de vengarse en las mujeres cubanas”.
Otro testimonio es del Coronel Francisco Estrada Céspedes a su esposa, en carta fechada en mayo de 1876..
“Tú no sabes las infamias que cometen estos bárbaros aquí. Violan a todas las mujeres que cogen en el Camagüey. Hay niñas de ocho o diez años que las dejan a la muerte. Es necesario mudarlas en camillas porque no pueden caminar. Esto es espantoso, y se hace hasta increíble, pero es cierto….
“Y tantas cosas hacen que no quiero escribirlo, porque sufro mucho en no poder vengar como deseo, a las infelices que están aquí”.


Sin dudas, entre las mambisas, por derecho propio, y por su voluntad ejemplar y temple, sobresale Mariana Grajales, la madre de los Maceo.
“¿Qué había en esa mujer, qué epopeya y misterio, había en esa humilde mujer qué santidad y unción hubo en su seno de madre, qué decoro y grandeza hubo en su sencilla vida, que cuando se escribe de ella es como de la raíz del alma, con suavidad de hijo y como de entrañable afecto?”.
¡Y qué decir de las camagüeyanas, entre las que se distinguen Amalia Simoni y Ana Betancourt, cuya voz se alzó por primera vez para reclamar el lugar de la mujer en la sociedad?
“Ciudadanos: la mujer en el rincón oscuro y tranquilo del hogar esperaba paciente y resignada esta hora hermosa, en que una revolución nueva rompe su yugo y le desata las alas”.

Ana  Betancourt
Las mujeres y sus familias, prestaron valiosos servicios a la revolución en las zonas de combate. ..
Vilma Espín, ella misma heredera de aquella pléyade de mambisas, las recordó un día de homenaje a Ana Betancourt, en Guáimaro: ellas fueron solidarias compañeras, bajo su custodia estaban enfermos y heridos, a quienes defendieron con las armas y hasta con sus vidas; el trabajo de las mujeres era apreciado en los sembrados y en los talleres; brindaban alimentos y trasladaban informaciones al Ejército Libertador.
Alto precio pagaron las mujeres en la guerra. Muchas lágrimas marcan el camino, también teñido con sangre; por eso, Aurelia Castillo pide que nunca se pierda el recuerdo…
“Pensad que hubo madre que llevó a cuesta por tres días el cadáver de su hijito, porque los encuentros con tropas españolas la hacían huir a ella y a la hermana que la acompañaba cada vez que intentaban cavar la pequeña fosa para darle sepultura, y aquel cuerpecillo estaba ya descompuesto y las inmundas aves que se nutren de cadáveres empezaban ya a seguirles.
“Pensad que otra de aquellas infelices, presa de horrible pánico al pasar una trocha, porque su hijo lloraba, habiéndose recomendado el más absoluto silencio, bajo pena de muerte, como que de ese silencio dependía la vida de muchos, fuéle estrechando tanto la boca, que, pasada la trocha, se halló con el hijo muerto en los brazos, ¡por ella asfixiado!
“¡Pensad que se bebían sus lágrimas para no mostrar flaqueza cuando les mataban a sus hijos, a sus padres, a sus hermanos, a sus maridos, a sus amantes; y decid, si no debemos venerar todos y por siempre la memoria de aquellas mujeres …”
Desde el Moncada, en la Sierra Maestra o en la lucha clandestina en las ciudades, también las cubanas escribieron otras páginas de gloria y heroísmo.
Melba y Haydeé, Lidia y Clodomira, Celia, Vilma, las integrantes del pelotón de Las Marianas, entre ellas, Teté Puebla; Violeta Casal, Asela de los Santos y Gloria Cuadras, María Antonia, y tantas otras, se erigieron como continuadoras del legado de aquellas mambisas del 68 y del 95, para llegar al triunfante Primero de enero de 1959.

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La revolución desata las alas de la mujer, como un día, en Guáimaro, pidió Ana Betancourt; y con la integración de las organizaciones femeninas en la Federación de Mujeres Cubanas, y la labor de Vilma Espín, su presidenta de honor, se conquistan los derechos, reclamados desde abril de 1869.
(Fuentes: textos de Elda Cento; del sitio digital ilustrados.com; revista digital Cuba Ahora, Juventud Rebelde, y la enciclopedia cubana ECURED).


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